1. Ser feliz.*
*Con todo lo que eso conlleva... y volver en todos los sentidos, volver a tener mil cosas que contar y que vivir...
lunes 11 de enero de 2010
miércoles 25 de noviembre de 2009
miércoles 21 de octubre de 2009
Love is dangerous for your tiny heart
Primero, no toques las agujas de tu corazón. Segundo, domina tu cólera. Tercero y más importante, no te enamores jamás de los jamases. Si no cumples estas normas, la gran aguja de tu corazón traspasará tu piel, tus huesos se fracturarán y la mecánica del corazón se estropeará de nuevo.
De "La mecánica del corazón" de Mathias Malzieu, libro que recomiendo de todo corazón (siempre que mi mecánica me lo permita, claro).
De "La mecánica del corazón" de Mathias Malzieu, libro que recomiendo de todo corazón (siempre que mi mecánica me lo permita, claro).
martes 15 de septiembre de 2009
Cuando descubrí que era maniática
Ahora que tengo mucho tiempo para observarme a mí misma, me doy cuenta que tengo unas costumbres un poco raras, y algunas manías. Bueno, bastante manías.
Algunas de ellas pueden ser calificadas de normales, como por ejemplo, el agobio insoportable de no poder ver las persianas bajadas, tener la luz del techo encendida o tener los botes de la ducha ordenados.
Pero por hablar de otras con los compañeros de trabajo, como el asquito que me dan las esponjas el agobio que me da el secador, que si uso la plancha parece que estoy ardiendo en el infierno o que los chicles me den ganas de vomitar, me han calificado en el trabajo de ser un bicho raro, además de un montón más de calificativos que no estoy dispuesta a reproducir.
Que sea la última vez que desnudo mi alma en público.
Algunas de ellas pueden ser calificadas de normales, como por ejemplo, el agobio insoportable de no poder ver las persianas bajadas, tener la luz del techo encendida o tener los botes de la ducha ordenados.
Pero por hablar de otras con los compañeros de trabajo, como el asquito que me dan las esponjas el agobio que me da el secador, que si uso la plancha parece que estoy ardiendo en el infierno o que los chicles me den ganas de vomitar, me han calificado en el trabajo de ser un bicho raro, además de un montón más de calificativos que no estoy dispuesta a reproducir.
Que sea la última vez que desnudo mi alma en público.
domingo 23 de agosto de 2009
La calle sucia, el viejo, la monja, un pueblo sureño, pero sobre todo el azar
Me cuenta mi amiga A. que ha recibido un mail de nuestra amiga T., que anda recorriendo varios países Iberoamericanos en calidad de turista solidaria.
En uno de estos países, entre la contaminación, los soldados a sueldo de los hoteles, y la pobreza paró en un puestecillo ambulante a comprar una de agua embotellada. Se encontró con que el viejo, reconoció al instante su acento español, y, además supo ubicarla exactamente dentro de la península por el acento.
Y pasó a contarle que, con sólo 20 años, partió de El Salvador a un pequeño pueblo del litoral levantino, para ingresar en una orden franciscana. Aquellos años, fueron los más felices de su vida, ya que por una parte se había cumplido su sueño de servir a Dios, y por otra parte, conoció el amor, en este caso de una monja.
Años de felicidad plena fueron truncados cuando, entre la correspondencia a escondidas que la aspirante a monja y el entonces aspirante a monje se intercambiaban, fue interceptada por un superior de alguno de los dos conventos, y el amor fue descubierto. A ella, que era del pueblo, no le pasaba nada, pero él fue deportado a su país.
Y todavía, casi cincuenta años después, el aspirante a monje y la aspirante a monja seguían escribiéndose cartas.
De lo que fue, de lo que no fue, de lo que pudo haber sido.
Sabemos que él no llegó a ser monje porque se lo contó a T. enmedio de una calle sucia de El Salvador. Sabemos que ella no llegó a ser monja porque fue nuestra profesora de preescolar (de A., de T., mía) en un colegio laico.
Y sabíamos desde el principio cuál era el pueblo de la costa levantina,
donde el viejo,
nuestra profesora,
y nosotras
habíamos pasado los años más felices de nuestra vida.
En uno de estos países, entre la contaminación, los soldados a sueldo de los hoteles, y la pobreza paró en un puestecillo ambulante a comprar una de agua embotellada. Se encontró con que el viejo, reconoció al instante su acento español, y, además supo ubicarla exactamente dentro de la península por el acento.
Y pasó a contarle que, con sólo 20 años, partió de El Salvador a un pequeño pueblo del litoral levantino, para ingresar en una orden franciscana. Aquellos años, fueron los más felices de su vida, ya que por una parte se había cumplido su sueño de servir a Dios, y por otra parte, conoció el amor, en este caso de una monja.
Años de felicidad plena fueron truncados cuando, entre la correspondencia a escondidas que la aspirante a monja y el entonces aspirante a monje se intercambiaban, fue interceptada por un superior de alguno de los dos conventos, y el amor fue descubierto. A ella, que era del pueblo, no le pasaba nada, pero él fue deportado a su país.
Y todavía, casi cincuenta años después, el aspirante a monje y la aspirante a monja seguían escribiéndose cartas.
De lo que fue, de lo que no fue, de lo que pudo haber sido.
Sabemos que él no llegó a ser monje porque se lo contó a T. enmedio de una calle sucia de El Salvador. Sabemos que ella no llegó a ser monja porque fue nuestra profesora de preescolar (de A., de T., mía) en un colegio laico.
Y sabíamos desde el principio cuál era el pueblo de la costa levantina,
donde el viejo,
nuestra profesora,
y nosotras
habíamos pasado los años más felices de nuestra vida.
martes 11 de agosto de 2009
El vecino trompetista, el galloperro y la nevera que hace Jaarl
Hay 3 cosas que me inquietan. Y no me dejan dormir. No porque sea de sueño difícil. Sino porque parece ser que en mi nuevo barrio, la gente, los animales y los electrodomésticos se activan por la noche. A altas horas de la madrugada quiero decir.
El primero en romper la quietud de la noche es siempre el vecino trompetista. Y no hablamos de un músico experimentado. Hablamos de un chaval que parece salido de los músicos de Bremen, al que por lo visto, el calor le desvela y no tiene ni familia ni Play Station.
Par de horas de silencio. Hasta que el galloperro se despierta. Algún maldito costumbrista decidió que en Madrid se quería sentir como en el pueblo. Y adoptó un gallo. Un gallo afónico que ladra, para más señas. Y que además, eso de estar en Madrid le ha desorientado porque empieza a ladrar por la noche y termina a mediodía.
Pero ninguno de estos dos sucesos tendría tanta importancia de no ser por el ruido de fondo de la nevera. A mí Chiquito no me ha hecho nunca mucha gracia. Será por eso que se ha reencarnado en mi nevera, que se pasa la noche haciendo Jaarl y cosas por el estilo.
La verdad es que me quejo de vicio.
Lo que me gustaría de verdad, es que el vecino trompetista y el galloperro hagan un dúo.
Con el ruido de la nevera de fondo.
El primero en romper la quietud de la noche es siempre el vecino trompetista. Y no hablamos de un músico experimentado. Hablamos de un chaval que parece salido de los músicos de Bremen, al que por lo visto, el calor le desvela y no tiene ni familia ni Play Station.
Par de horas de silencio. Hasta que el galloperro se despierta. Algún maldito costumbrista decidió que en Madrid se quería sentir como en el pueblo. Y adoptó un gallo. Un gallo afónico que ladra, para más señas. Y que además, eso de estar en Madrid le ha desorientado porque empieza a ladrar por la noche y termina a mediodía.
Pero ninguno de estos dos sucesos tendría tanta importancia de no ser por el ruido de fondo de la nevera. A mí Chiquito no me ha hecho nunca mucha gracia. Será por eso que se ha reencarnado en mi nevera, que se pasa la noche haciendo Jaarl y cosas por el estilo.
La verdad es que me quejo de vicio.
Lo que me gustaría de verdad, es que el vecino trompetista y el galloperro hagan un dúo.
Con el ruido de la nevera de fondo.
jueves 30 de julio de 2009
Désolée
Es el tiempo de la desolación, de comer uvas en la repisa de la ventana a las dos de la mañana.
Es el tiempo de los recuerdos, de las dudas, de escuchar canciones antiguas que una vez significaron algo y ahora no son más que notas musicales correlativas.
Es el tiempo de no saber que vendrá, del miedo al cambio y de ganas de empezar.
Es el tiempo de recuperar viejos amigos, de cruzar miradas, de emocionarse con los músicos del metro.
Es el tiempo de dejarse influenciar por las lunas, de leer el horóscopo, de renovar el armario.
Es el tiempo que hay que dejar para que después de la tempestad, venga la calma.
Por eso estoy desolada, pero también serena.
Es el tiempo de los recuerdos, de las dudas, de escuchar canciones antiguas que una vez significaron algo y ahora no son más que notas musicales correlativas.
Es el tiempo de no saber que vendrá, del miedo al cambio y de ganas de empezar.
Es el tiempo de recuperar viejos amigos, de cruzar miradas, de emocionarse con los músicos del metro.
Es el tiempo de dejarse influenciar por las lunas, de leer el horóscopo, de renovar el armario.
Es el tiempo que hay que dejar para que después de la tempestad, venga la calma.
Por eso estoy desolada, pero también serena.
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