Son las seis y media de la tarde, cuando me despierto de la siesta improvisada. Por lo visto, en algún momento después de comerme la hamburguesa guarra que el repartidor me ha traído me he quedado dormida en forma de S en el sofá.
"Que la disfrute señorita", me ha dicho.
Me he mirado al espejo, y no sé de dónde ha sacado lo de señorita. El rimmel corrido, el proyecto de coleta, la voz ronca, que prosigue a toda noche larga.
No, definitivamente no tengo pinta de señorita.
En la tele están echando una peli mediocre española. En su día no tuvo buenas críticas. Me da igual. Era como si Antonio Resines me estuviese retransmitiendo la realidad en forma de nana mientras yo dormía y domía.
El último sitio al que fuimos ayer era un piano bar con espontáneos que se peleaban por cantar pasodobles, coplas o alguna canción de Sabina mientras tocaban el piano. Cerramos a las 6, nos dijo el portero cuando entramos, pero la última vez que miré la hora eran las 6 y media y una chica se desgañitaba intentando imitar a Édith Piaf mientras a mi alrededor se abría la veda para la caza del animal herido. La gente se miraba como si en realidad se gustase sin atreverse a reconocer que la noche estaba acabada y no había tiempo de seguir buscando un polvo fácil.
"¿Cómo te llamas?" me dice un borracho que se me acerca con pasos vacilantes.
Le digo un nombre, ya no sé si el real o uno inventado y pienso en despedirme de mis amigos. No me apetece discutir sobre porqué no quiero una última y me voy a la francesa.
De camino a casa me dan 4 ó 5 flyers de afters varios, me ofrecen varias cervezas y hasta recibo una cordial invitación que incluye sexo oral.
Cuando llego, tengo clarísimo que ya tengo mi ración de noche por un largo tiempo. Y también que mi cama, blanca y sola, es lo más parecido a la bolsa uterina que se me ocurre en este momento.